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El camino de los andantes: Bolívar y Don Quijote

 

La senda estrecha

 

…yo voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra.

Don Quijote 

Ruego a usted que pida al Congreso, en mi nombre, que me deje seguir mi destino y que me deje ir  a donde el peligro de la América y la gloria de Colombia nos llama.

Bolívar

 

 

 

El Quijote, ese prodigio de habilidad literaria e intuición psicológica es, sin duda, la más turbadora y sublime epifanía existencial, que sobre la redención social de la humanidad se haya escrito jamás. Sobre su texto, inmortal y redivivo, no habrán de agotar los siglos las interpretaciones ni los comentarios. ¡Qué es lo que no se ha dicho y cuánto falta aún por decir! Entre tanto, valgan las sobrecogedoras palabras de un gran escritor (tan grande acaso como Cervantes mismo): Dostoievsky, para acercarnos a su naturaleza con deleite y humildad. Este libro —dejó apuntado en su Diario el genial novelista ruso— es el único verdadero. La humanidad no debe olvidar llevarlo consigo el día del Juicio Final. Así, si se acabase el mundo, y algún juez de lo eterno diese en preguntar a los mortales: ‘¿Y qué habéis sacado en claro de vuestra vida terrenal, a qué conclusión habéis llegado y qué podéis mostrarme de ella?’ Cualquiera entre nosotros, en nombre de los demás, podría mostrar en alto el Quijote y replicar: ‘He aquí lo que hemos entendido de la vida y esta es nuestra conclusión… ¿acaso, podéis condenarnos por ella?15

En realidad, el Quijote es un libro místico. Cervantes lo que hizo fue sacarse del subconsciente colectivo nacional (¿y qué es lo que fue, después de todo, la España de Carlos V, sino un enorme libro de caballería en acción?) la fórmula del ideal caballeresco como modelo de trascendencia y redención, y la montó sobre esa otra España suya, la del doble —y paradójico— Siglo de Oro. Aquella España que, a esa hora, es un país descarnado y embestido por todos sus costados nacionales; un país que ha venido enfrentando (desde la Reforma, pasando por el desastre de la Armada, el laberinto de Flandes, el Turco, los corsarios…) una alienante ofensiva extranjera que mantiene vulnerada política y económicamente a la nación, y que, además, está amenazando incluso con desarticularle al propio pueblo su identidad moral y cultural.

Es allí, en el corazón —La Mancha— de esa nación acosada y en crisis de ruptura (coyuntura extraordinariamente pareja con la de la América de Bolívar, a partir de Ayacucho y de la segunda convocatoria al Congreso de Panamá…) en donde aquel ilustre manco echará a forjar la antigua adarga y la lanza de astillero de quien debe venir a esa hora, a andar los caminos, en busca de la redención. El propio Don Quijote, que sabe bien quién es, nos lo confirma: Yo nací —dice— por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro… Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos.  16

Pero el camino de los andantes no es ruta fácil ni su profesión es sencilla. Se trata de un pasaje intrincado de laberintos por el que sólo logran ir avanzando, en tránsito simbólico, quienes aspiran a la libertad en nombre de una razón sublime. Y no a la libertad “liberal”, concebida en su estrechez individualista y económica, sino sólo a aquella otra: a la grande, a la gloriosa; a la Libertad humanista que es solidaria y trascendente. Y como explica el Caballero de la Mancha, por lo demás: aquel que profesa la caballería andante ha de saber las leyes de la justicia distributiva y conmutativa, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene… ha de ser honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida defenderla.  17

El Quijote, desde luego, es una obra de paradojas, pero entre las muchas que aloja el texto, el que sea precisamente un “loco”, el modelo ideal de trascendencia, es de las más extraordinarias. En este sentido no deja de ser muy curiosa la manera tan explícita, directa, en que la dicha locura quijotesca viene a ser planteada en la novela de salida; casi como si el autor hubiese buscado dejarla establecida y al margen de toda sospecha. Lo literario, naturalmente, es asombro puro (debe serlo); y aún así, es inquietante este magnífico atrevimiento de soltar un “loco bueno” a andar semejantes caminos. Excede con mucho el tema elaborar más este asunto; pero quede dicho, no obstante, que ésta es una de las grandes claves que, como paradigmas, estructuran por su base el ardid de la novela. Y es que si resulta, de entrada, que Don Quijote de la Mancha está rematadamente loco (como en efecto lo está), al lector no le quedan de resto más alternativas: está obligado a mirar por los ojos del loco en un juego implicado de espejos (como en Las Meninas de Velázquez). Esta es la razón, en el fondo, por la que parece tan rotundo aquel conocido aserto de Unamuno de que “la realidad de Don Quijote no fueron los molinos de viento sino los gigantes”. 18  

Y esta es la razón, quizás, por la que la repercusión humana de esta novela es tan enorme: no ya porque se trata de un desafío moral al mundo, sino porque es un reto a través de lo irracional.

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NOTAS DE ESTA SECCIÓN

15 

Elena Jarkova: Cervantes. Cf. Literatura Soviética, 7/68, Moscú, p. 20.

16 

Cervantes: Quijote, I Parte, cap. 20.

17 

Cervantes: Quijote, II Parte, cap. 17

18 

Bolívar: Carta al general Pedro Briceño Méndez; 4/6/1828