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El camino de los andantes: Bolívar y Don Quijote

Giovanna Benedetti

 

 

Introducción

 

Acercarse a Bolívar es un reto a la conciencia: un verdadero oficio de asombros y provocaciones. Desde el primer momento, y en medio de la reflexión histórica a la que va arrastrando su obra como un desgarramiento, su personalidad electrizante sobrecoge y cautiva, por esa mezcla tumultuosa —poética— de genio, tristeza, lucha y osadía, que parece sumarse hasta la angustia en las líneas de su ideario. Conocerlo, sin duda, es como conjurar el tiempo. Es lo que queda en el fondo de una aventura sin fin, porque Bolívar es inagotable; su vida guarda siempre una ventana abierta sobre el universo, por donde su espíritu escapa y se sigue expandiendo. Razón tenía Blanco Fombona cuando advertía, a principios del  siglo XX, que Bolívar era tan profundo, tan complejo, que vidas enteras podrían empeñarse estudiando cada uno de los múltiples aspectos de la suya. 

Pero habrá que empezar por admitir, a estas alturas, que la América de Bolívar apenas si le reconoce. Hemos venido confundiendo su personalidad detrás del símbolo: el Libertador se ha erigido en mito; se le ha convenido, ideológicamente, una cierta imagen “típica”; su historiografía se ha vuelto “clásica”; y ahora resulta que ya nadie le estudia porque todos le creen conocido. Y aun así, Simón Bolívar actualiza cada día su vigencia, y esto es lo extraordinario; porque es su propia energía creativa la que le abisma la mirada histórica en el tiempo: Yo siento por lo presente y por los siglos futuros;     —parece decirnos todavía— y es en esa intensidad, en ese salto vital, donde su imagen toma cuerpo de lleno y se agiganta; donde su espíritu se manifiesta, y desde donde le sentimos, otra vez, llegar hasta nosotros: Volando —como decía en 1819, en el discurso de Angostura— …por entre las próximas edades, por encima de los siglos…3   Y es así que hoy le vemos mirarnos nuevamente: con pasmo, con ardor, estremecido; porque es cierto: a Bolívar todo le duele y le arrebata. Ya lo decía José Martí: Quema y arroba. Tan sólo pensar en él, asomarse a su vida, leerle una arenga, verlo deshecho y jadeante en una carta de amores. 4

Bolívar es un personaje único en la historia. En general, no se le puede comparar a nadie porque no se parece a ninguno de sus pares. Él no es Napoleón …ni quiero serlo.   —Declara categórico—; porque …el título de Libertador —escribirá en una extraordinaria carta al general Páez— es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano, y por tanto, me es imposible rebajarlo 5 Tampoco imita a César, y menos aun a Iturbide; y es que tales ejemplos —insiste— me parecen indignos de mi gloria. 6  En honor a la verdad histórica —y luego de ajustarle con máximos rigores, frente a un Washington, un Lafayette o un Wellington— habrá que terminar por admitirlo: a Simón Bolívar sólo cabe hacérsele un sólo parangón, y este es con Juana de Arco, la sublime libertadora de Francia. Nada más. (Después de todo, él también “oía las voces”.)

Sí, el Libertador “oía las voces” y presentía las tempestades. Y, entre otras originalidades muy propias,   hasta habrá de confesar atribulado que tiene la …desgracia de saber con anticipación lo que naturalmente debe querer cada uno; y por tanto —le cuenta a Santander— me desespero más que otro; y también me mortifico más que nadie, porque estoy —dice ya en rapto de poética osadía—: sufriendo a cuerpo gentil toda la intemperie de una tempestad deshecha. 7   Y es, precisamente, este tono: toda esa vibrante irregularidad vital tan suya, y de la que él mismo da cuenta, lo que de plano le separa del común de sus colegas. Uslar Pietri (quien toma también buena cuenta del parentesco con la heroína de Orléans) nos recuerda que el Libertador, que no es un militar de escuela, como tampoco un pensador de sistema, si bien ha leído a los teóricos de la guerra, igual que a Rousseau, a Montesquieu o a Locke, a la hora de atravesar los Andes, no lo hace sino bajo la fiebre de una inspiración heroica, de un sentimiento dramático del destino. Y es que Bolívar —dice el grande y veterano intelectual venezolano— pertenece a la familia de Juana de Arco… no a la de Wellington o Federico8

En la épica de la humanidad occidental, qué duda cabe, no ha habido nunca nadie, como estos dos guerreros libertarios, que haya logrado cabalgar jamás el mundo con tanta grandeza a cuestas; y tan sólo remontando los hilos heroicos de la fantasía, parece ser posible dar con alguien que, como ellos, haya tocado también con sus alas la inmediatez prohibida de un sueño, o haya debido caer hasta tales profundidades del abismo. Y será allí, precisamente, en esa híbrida textualidad de la conciencia; en donde habitan las potencias y los fines ideales, en donde una hermandad en voz y en espíritu salte enseguida a la vista: Bolívar y Don Quijote.

Este obvio parangón, naturalmente —convertido ya en lugar común— es apenas novedad. Unamuno ya lo vio; también Emil Ludwig, quien incluso subtitula su luminosa biografía de Bolívar: “Caballero de la Gloria y de la Libertad”.  Por lo demás, nadie olvide que sería el propio Libertador —cuenta la anécdota— quien dejaría apuntada esta relación al decir, con aquella soberbia y lapidaria sentencia: Los tres más grandes majaderos de la historia hemos sido Jesucristo, Don Quijote y yo9

Pero habrá que convenir enseguida (Unamuno es caso aparte) que lo dicho tan sólo bordea los contornos, y que hay más todavía, mucho más detrás del vínculo que aun justifica el asombro. ¿Y qué es lo que tiene de “quijotesco” Bolívar que tanto impresiona y provoca? Dice Unamuno que es sobretodo “el estilo”: algo enfático, muy español, entre gongorino y conceptuoso… Y, es que ¿…quién —se interroga el maestro bilbaíno— no se ha detenido ante las frases de sus discursos y proclamas? …¡Poesía, poesía y sólo poesía es lo que rezuma de la vida del gran Libertador!  Termina gritando el sabio, quien llegará a llamar al caraqueño: “nuestro Quijote de América”. Y es que …Bolívar —admite—logró encarnar como nadie el alma inmortal española; él tuvo conciencia clara de su alta misión quijotesca, de su función de libertador, y así lo demostró. …fue uno de los más grandes y más representativos genios hispanos: un hombre entero y verdadero. …Un hombre que hacía la guerra para fundar sobre ella la única paz duradera y valedera: la paz de la libertad. Sí, Bolívar: “Nuestro Bolívar” —así le reconoce finalmente don Miguel— …fue el Quijote encarnado. …Y aquella humanidad que le seguía era su Sancho. 11
Pero en la vida “quijotesca”, del Libertador hay más asombros todavía; y, con el perdón del maestro: no todo es cuestión de estilo. Importa también figurar las claves del simbolismo mismo, porque Don Quijote y Bolívar —el uno en la literatura y el otro en su carnalidad histórica— viven entre signos; y hay que descifrarlos para que cobren vida. 
La trama en cada caso es bien distinta, desde luego; y si habrá que agradecer, por una parte, a Cervantes, el habernos dejado ya transcrito, al lenguaje de las maravillas, todo aquello que parece que traía muy mal revuelto el Cide Hamete Benengeli; en lo que toca al Libertador, como es propio, toda su infatigable historicidad humana está archivada en crudo: dos mil trescientas veinticinco cartas, ciento tres proclamas, veintiún mensajes, catorce manifiestos, tres exposiciones, dieciséis grandes discursos, siete artículos periodísticos, tres ensayos literarios, dos proyectos constitucionales, una infinita cantidad de leyes, decretos, resoluciones, oficios, bandos, arengas, alocuciones, y hasta alguna composición lírica de exquisita sensibilidad. 12

Textos todos estos, en los que el mismo Bolívar admitió haber dejado su alma pintada en el papel;   y que como ha dicho acertadamente el político e historiador colombiano Laureano Gómez: constituyen uno de los más hermosos documentos humanos de la historia universal.13

Notas de esta sección:

-

Rufino Blanco Fombona: Cartas de Bolívar (1825-1826-1827); Ed. América, Caracas., s/f; p. 245.

 

Bolívar: Carta al general José. A. Páez; La Magdalena (Lima), 6/3/1826.

 

Bolívar: Carta al general José. A. Páez; La Magdalena (Lima), 6/3/1826.

 

 José Martí: Discurso en honor de Bolívar, 28/10/1893. [Bolívar, Antología, Editorial Porrúa, México, 1983] p. 187

 

Bolívar: Carta al general José. A. Páez; La Magdalena (Lima), 6/3/1826.

 

Bolívar: Carta al general José. A. Páez; La Magdalena (Lima), 6/3/1826.

 

Originalidades tan propias y tan poco comunes, como las de que era ambidextro: Su excelencia —dice Perú de Lacroix— se afeita, trincha y maneja el florete con cualquiera de las manos.. Se le ha visto pelear a sable con ambas manos y teniendo cansada una pasar a la otra indistintamente. (Cf. Diario de Bucaramanga, Edición de Cornelio Hispano, París, 1916, p.166.); o multilocuo: podía dictar a la vez, —como cuenta O’Leary— varias cartas distintas a diferentes amanuenses ¡a medida que estos le iban leyendo la correspondencia! …y aunque se le interrumpiese, jamás lo oí equivocarse ni turbarse para reanudar
la frase.  (Cf. Memorias Tomo I (Narración); cap. XXXIII)

 

Arturo Uslar Pietri: Bolívar hoy; Monte Ávila, Editores; Caracas, 1982; p.16.

 

Miguel de Unamuno: Don Quijote y Bolívar;  en Antología;  F.C.E., 1971; pp. 256-263.

  10 

Cf.: Mario Briceño Perozo: La espada de Cervantes; Caracas, 1987.

  11 

Unamuno: Op. cit. p. 722.

  12 

Cf. Índice de Vicente Lecuna hasta 1947. Este cómputo, no obstante, siendo el más completo, no es exhaustivo (han aparecido luego otros documentos);  además, si se comparan —como dice el propio Lecuna? las listas de cartas enviadas al correo…
existentes en el archivo de Bolívar, con las cartas que se han salvado de las mismas fechas… se puede admitir que en su vida pública escribiera alrededor de las diez mil cartas. (Cf. F. Pividal, Prólogo a Simón Bolívar, la vigencia de su pensamiento; Casa de las Américas, La Habana, 1982. p. 7.

  13 

 J. L. Salcedo Bastardo: Autovisiones de Bolívar; en Revista de Occiden18te, N° 30-31 (Extraordinario) T. VIII; Madrid, 1983; p. 17.

   
   
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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